¿Se aplica la Neurociencia a la Industria de los Alimentos?
Federico Fros Campelo es Ingeniero Industrial, consultor, conferencista e investigador de los procesos cerebrales a la hora de consumir. Autor del reciente libro El Cerebro del Consumo, será conferencista en el Summit del 19 de octubre. A continuación, un adelanto de lo que será su charla.
Efectivamente, y hay dos formas de hacerlo. La más costosa -afrontada por multinacionales con buenas espaldas financieras- involucra mediciones directas sobre la actividad cerebral. Un par de técnicas a las que habitualmente recurren son la EEG (ElectroEncefaloGrafía, que mide en tiempo real la actividad de distintas áreas cerebrales) y la Resonancia Magnética Funcional (consigue con mucha precisión imágenes sobre qué neuronas trabajan más ante ciertos estímulos). No obstante, estas mediciones directas son caras porque requieren tanto de expertos que planteen buenas hipótesis, como de que las mismas se pongan científicamente a prueba y de que se recluten los suficientes voluntarios para que la muestra sea representativa.
Pero existe una segunda forma de aplicar la neurociencia a la industria de los alimentos. Se trata de una forma más fácil y directa, accesible para cualquier emprendedor, Pyme o institución: Conocer las conclusiones de los estudios ya realizados sobre cómo tomamos decisiones en consumo de alimentos, y observar –modelizando- las prácticas comerciales de las empresas que ya vienen ejercitando un marketing no intuitivo sino científico.
El conocimiento de cómo funciona nuestro cerebro nos permite crear alimentos y estrategias de mercado cada vez más sofisticados.
Existen evidencias de que ciertos circuitos cerebrales universales en todas las personas, activados apropiadamente, convocan enormemente nuestros impulsos de alimentación. Dicho de otra manera, comemos por razones mucho más profundas de las que creemos, que perfectamente quedan a la luz una vez que la ciencia y la tecnología entran en juego para dejar al desnudo lo que pasa con nuestros procesos mentales (fundamentalmente aquellos de índole emocional).
Pertenencia, imitación de costumbres, presión social, culpa y vergüenza: o bien fenómenos de conducta o bien experiencias internas, los cuales hoy día ya pueden decodificarse astutamente en la industria y el marketing de los alimentos. ¿Qué hay del rechazo cultural a ciertos productos, la escasez de otros, la tentación o la sobreestimulación de novedades a la que están expuestos los niños? También encuentran un correlato explícito en los mecanismos de nuestros cerebros de consumidores. Mecanismos que todos deberíamos conocer si es que apuntamos a construir una sociedad más sagaz en todos sus frentes (en la cual, por supuesto, la ética nutricional jamás debe estar ausente).
Para considerar:
• El conocimiento de cómo funciona nuestro cerebro nos permite crear alimentos y estrategias de mercado cada vez más sofisticados
• Comemos por razones mucho más profundas de las que creemos: se trata de razones cableadas en nuestro cerebro
• Para innovar en el marketing y la tecnología de los alimentos debemos decodificar cómo influyen dentro de nosotros: (a) Procesos cerebrales de las emociones traídos de fábrica y (b) adiestramientos culturales.
• Hay evidencias en la neurociencia de que ciertos circuitos cerebrales universales en todas las personas, activados apropiadamente, convocan enormemente nuestros impulsos de compra y alimentación.
• ¿Es posible integrar el proceso de fabricación de un alimento, su packaging y su marketing? Sí, conociendo cómo funciona nuestro cerebro de consumidores.
• La ética nutricional jamás debe omitirse, ya que resulta muy fácil vulnerarla conociendo nuestros procesos cerebrales que nos impulsan a comer.
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